Opinión: “La mente es como un paracaídas, solo funciona si se abre”


la-mente-es-como-un-paracaidas-solo-funciona-si-se-abre
Alba Navarro Salvador. Licenciada en derecho y criminología.

Actualmente vivimos en un constante debate sobre la necesidad de endurecer las penas. Y más aún en los últimos meses en que sucesos muy mediáticos como son la muerte de Diana Quer o, el polémico caso de “La Manada” han derivado en numerosas concentraciones sociales.

El castigo es el centro de todas las miradas. Es una obsesión social.

Hemos sido testigos – algunos protagonistas – de varias manifestaciones. Algunas en oposición a la Sentencia de “La Manada” en las que la sociedad pide leyes “más justas y feministas”, y en las que se solicita condena por agresión sexual que no por abuso. También concentraciones en las que, tras la comisión de delitos graves como es el caso de Diana Quer, se ha recogido firmas en contra de la derogación de la prisión permanente revisable.

En cuanto a lo anterior pueden surgir varias preguntas.

¿Qué entendemos por leyes más justas y feministas? ¿Queremos calificar como “violación” con la finalidad de que se imponga una pena mayor? ¿O porque tenemos argumentos jurídicos sólidos? ¿Pensamos que la prisión permanente revisable es preventiva? ¿O es una venganza?

Tras estas cuestiones se puede llegar a la conclusión de que el pensamiento imperante es: “quien la hace la paga”. O lo que es lo mismo, justicia retributiva. Y aunque se crea justo lo contrario, así no se previenen delitos y menos aún pensamos en las víctimas, las cuales con frecuencia experimentan un sentimiento de desilusión con nuestro sistema de justicia penal.

Nuestro actual procedimiento de justicia penal funciona de la siguiente manera: quien vulnera una norma penal comete un delito y en consecuencia se le impone un castigo – como si fuera la solución de todos los problemas –. El delincuente cumple condena, y la víctima, después de soportar volver a revivir lo sucedido durante el procedimiento, opera como una simple testigo.

Pocas personas se preguntan y preocupan de si la víctima se siente amparada por este sistema o de si el castigo es el único y primordial objetivo. Buscan la solución en penas más duras creyendo que así no volverá a ocurrir y que es lo único que necesita la víctima del delito.

Nuestro Código Penal (en adelante CP), contiene un elenco de penas que se imponen en función del hecho cometido y de las circunstancias de su comisión. Ahora bien, en los últimos años se ha insistido en el endurecimiento de las penas, y así se ha reflejado en la reforma del CP que tuvo ocasión el uno de julio de dos mil quince.

En ese momento, entre otras regulaciones y modificaciones del citado texto legal, se introdujo la prisión permanente revisable que en la actualidad es la pena máxima en la escala de condenas graves. Se castiga con esta pena a quienes cometen determinados delitos tasados en la ley que se entienden que son de especial gravedad.

Consiste en una pena que restringe de forma rígida la obtención de un tercer grado y de la suspensión de la ejecución de la misma. Y sí, es revisable cumplidos determinados requisitos, pero su revisión ni es obligatoria ni determina la puesta en libertad como muchos piensan.

Lo que se consigue con ella es precisamente, limitar al delincuente en los términos expuestos, evitando que éste se relacione y aprenda a convivir en sociedad por el tiempo máximo posible (“evitar que salga de prisión a quien no está en condiciones de reintegrarse”). Es una pena muy severa, justo lo que se quería hace un tiempo atrás. Y no contentos con ello “queremos” endurecerla más.

No se discute que para determinados delitos se pueda considerar adecuada. Supongamos que somos padres de un menor y tenemos conocimiento de que uno de los cuidadores de su guardería es pedófilo. Probablemente no dejaría a mi hijo en sus manos.

Con este ejemplo me refiero a delitos cuya reinserción, aunque me pese decirlo, es cuanto menos complicadísima y cuya reincidencia está casi asegurada. Delitos como el del ejemplo, entre otros, que son a consecuencia de impulsos irrefrenables y que tienden a la cronicidad. Para mí estos son los delitos de especial gravedad que podrían fundamentar la imposición de este tipo de pena – y no otros que contempla el CP –. Pero siempre con el objetivo de prevenir futuras infracciones. Pues no debemos olvidar el fin de las penas.

Además, según el Instituto Nacional de Estadística, en España las penas son de las más severas de Europa y no por ello las tasas de delincuencia son más bajas. Es decir, la experiencia muestra que por endurecer el castigo no se cometen menos hechos delictivos.

Por lo que la práctica nos dice que debemos pensar en instrumentos de prevención que no represión, dejar la venganza y la legislación en caliente a un lado. Pues es mejor prevenir que castigar.

El sistema de justicia penal, y la prisión, debería ser la última ratio, ya que la experiencia muestra su fracaso, nuestro fracaso. Porque no sólo falla quien comete el delito sino que fallamos todos en tanto en cuanto no hemos podido preverlo.

Y cuando la prevención fracasa se cometen delitos. Entonces es cuando se debe escuchar a la víctima, darle la importancia que merece y se debe pensar en lo que realmente necesita. Para ello existen medios como es la mediación, la cual se deja ver en algún artículo del CP.

La mediación penal – que falacia pensarán algunos –. No voy a discutir que habría que estudiar caso por caso para valorar su viabilidad – delito cometido, circunstancias de su comisión, el tiempo transcurrido desde la comisión del delito, etc. –. Ahora bien, en delitos muy graves, como el atentado terrorista del 11-M, se ha demostrado que puede ser eficaz. Hablo de delitos en los que se han causado muertes, mutilaciones, etcétera. En los que el sufrimiento es de tal magnitud que no es suficiente la aplicación de nuestro sistema penal para aliviarlo.

Con la justicia restaurativa una víctima del 11-M con graves secuelas obtuvo respuestas e información que no le facilitó la Sentencia sino uno de los implicados en el atentado. Este último cumple condena por el grave hecho que cometió, pero se le ha dado la oportunidad de mostrar su arrepentimiento y de participar en la restauración del daño causado a una de las víctimas. Y la víctima a pesar de no poder recuperar la movilidad de sus piernas y sanar determinadas secuelas psicológicas consecuencia del atentado, por su propia voluntad fue escuchada, “protagonista” y sintió cierto alivio – algo que no obtuvo antes –.

En definitiva, lo que se pretende decir es que se debe dejar a un lado esta obsesión por el castigo, el “(…)ojo por ojo, diente por diente (…)”. Estamos retrocediendo pudiendo avanzar. Centrémonos en mejorar nuestra sociedad, en mejorar la convivencia en libertad. Busquemos herramientas distintas para obtener resultados diferentes. Pues, ¿se puede aprender a vivir en libertad privado de ella?  “Abrid escuelas y se cerrarán cárceles” – dijo Concepción Arenal, pionera del movimiento feminista y conocida además, por sus libros y ensayos sobre centros correccionales –.

Con todo ello no se sostiene la impunidad de los infractores. Se aboga por un sistema centrado más en la prevención que en la represión. Un sistema en el que la cárcel debe ser la última ratio, sin que ello suponga su abolición siempre y cuando se enfoque a reinsertar y reeducar al delincuente. A que pueda relacionarse sin delinquir.

Y, como no somos súper héroes como para erradicar la delincuencia, cuando esta se produzca no nos ceguemos con la sed de venganza, las víctimas requieren nuestra ayuda y, al menos, merecen ser escuchadas.

ALBA NAVARRO SALVADOR es licenciada en derecho y criminología.


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *